Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



domingo, 15 de abril de 2012

Iris



       Óscar Malek paseó los dedos sobre la fría rugosidad, recorriendo las letras de piedra. Tenía ya las sienes escarchadas pero recordaba que siendo niño, sobre los cimientos de la antigua casa, la que se quemó, su padre mandó construir una nueva más grande y hermosa y grabar el nombre en los pilares de la entrada. Aún podía sentir el humo acre inundándole la nariz y la boca hasta casi la asfixia y el bramido del fuego al otro lado de la puerta, como un dragón enfurecido. Recordaba haber llamado a sus padres, aterrorizado, pero no podían escucharle y no acudieron. Después supo que, si no hubiese sido por Iris, ellos también habrían muerto, ya que los sirvientes habían huído despavoridos.
Recordaba el calor, la desesperación y la imposibilidad de respirar, aún debajo de la cama, donde se había refugiado. Y cómo ella le encontró, lo agarró de la ropa y estiró de él.

El resto estaba en blanco. Su padre le explicó que gracias a Iris nadie sufrió daños graves excepto la casa.

Iris vivió muchos años, convertida en una pequeña celebridad local.

El padre de Óscar habló de ella con ternura e infinita gratitud hasta el fin de sus días. Siempre decía: “Era mi perra y se convirtió en una heroína. Pero aunque no hubiera tenido lugar el incendio, habría seguido siendo extraordinaria y única. Y mi perra.”

                                                                                                Para Cris y Óscar

sábado, 14 de abril de 2012