Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



jueves, 22 de diciembre de 2011

La teta de Lakshmi





         Hace tiempo que la teta de la diosa se secó pero los lugareños siguen poniéndo sus labios sobre ella con la esperanza de que algún día regrese la abundancia de antaño.

martes, 13 de diciembre de 2011

Butch



          Durante dos días se realizan batidas por todo el pueblo y los bosques cercanos. Tiene un año y medio y las últimas noches ha helado. Apenas lleva una camiseta y los pañales. Es dificil pero conservamos la esperanza.

Cuando Dan me llama por el walkie y me reclama en El Descampado me temo lo peor. Son las cinco de la mañana y hace un frío del carajo . Los coches de mis compañeros se comen la negrura de la noche con sus faros, más allá de los cuales atisbo una sombra blanca agazapada contra el suelo.

Me abro paso entre algunos voluntarios del pueblo; muchas son mujeres. La mayoría han perdido algún marido o hijo en las minas y saben lo que se siente. Se apelotonan alrededor de mis compañeros, el padre del chaval y sus hermanos a la cabeza. Rob y yo somos los últimos en llegar, estábamos en la otra punta del pueblo. Al principio no me doy cuenta del silencio y lo rompo al gritarle a Dan:

- ¡¿Joder, pero qué haceis aquí plantados?! ¡¿Por qué no os habeis acercado a investigar?!

Dan me hace un gesto para que me calle.

- No grites – es curioso porque inconscientemente de hablado casi en susurros – Parece algún tipo de alimaña. Y tiene una presa. Podría ser el niño.

- Si hubieras ido ya se habría largado y sabríamos si es el niño o no.

- Es grande. Si sale huyendo con el crío en la boca podríamos perderle. Incluso si aún está vivo podría matarle al huir.

- ¿Y qué vamos a hacer? ¿Esperar a que se lo coma delante nuestro? – saco mi arma y echo a andar.

Alguien me agarra del brazo y me retiene. Me imagino que es Dan pero cuando me giro es Luke, el padre de Timothy, quien me agarra. Tiene ojeras y barba de dos días. Apesta a sudor pero ni gota de alcohol en su aliento. Curiosamente parece que las desgracias son las únicas circunstancias en las que consigue mantenerse sobrio. También lo estaba en el funeral de Martha.

- Prefiero esperar, Mike – señala el horizonte - A que amanezca. Falta poco. No creo que eso sea mi Timmy pero ojalá lo fuera, ¿entiendes lo que quiero decir?

- Como quieras – enfundo el arma y los dos regresamos hasta los coches.

Esperamos en silencio bajo el alba gélida, ateridos, mudos. Hay un ambiente casi de oración, como cuando el predicador da un sermón dominical especialmente emotivo.
La cosa blanca, sea lo que sea, no se ha movido en todo este tiempo.

Junto con la llegada de cierta claridad grisácea por fin hay una especie de movimiento al unísono que rompe la espera. Dan mira a Luke, que asiente tranquilo, y entonces da instrucciones a los chicos para que no se mueva nadie. Me hace un gesto con la cabeza para que le acompañe mientras saca el arma.
Nos acercamos despacio. No hemos dado ni tres pasos cuando la cosa blanca se mueve y se pone en pie. Es un perro. Un perro blanco. El bulto en el suelo se mueve un poco.

El animal es un perro de presa. Un pittbull, diría yo, estamos demasiado lejos para saberlo con certeza. Tiene unas manchas oscuras en el pecho, la cara y el cuello, sangre, quizás. Permanece en alerta, con el rabo extendido, mirándonos fijamente. Dan se detiene, dubitativo. Entonces me viene todo a la cabeza y sé qué le ha forzado a no seguir avanzando.

El primer caso fue la hija de los Ackerman, 6 años, que estando de picnic en el río se alejó de su familia y cayó al agua mientras jugaba. Dijo que un perrito la había sacado del agua y días más tarde hizo montones de dibujos de ella misma y un perro blanco jugando en la orilla. Nadie vio nada de lo que contó la niña.

El segundo, cuando la casa de la viuda Katie Simon sufrió un incendio de madrugada, encontrándose dentro ella y sus tres hijos, Samuel, de 12 años, Vivi de 8 y Brenda, de 5. Samuel avisó a su madre y hermanas, consiguiendo salir ilesos antes de que llegasen los bomberos y todos lo trataron como a un héroe. El chico dijo que en realidad le despertó un perro blanco sacudiéndolo en mitad de la noche.

Y luego había desaparecido el pequeño Timmy.

- ¿Crees que será el mismo perro del que hablaban esos niños?

- No lo sé. Acerquémonos un poco más.

Todo el cuerpo del animal se tensa, aún más si cabe, cuando reanudamos la marcha.
Esta vez oímos el gemido claramente. Una manita se levanta hacia el cielo.

- Dios mío, Mike… ¿No te recuerda a algo ese perro? ¿No se parece mucho a…?

El perro sigue inmóvil, escrutándonos. Ahora estamos a tan sólo unos metros, tan cerca que podemos ver cómo se mueve la musculatura en tensión bajo su pelaje blanco. Está cubierto de suciedad y restos de sangre…

- Butch, el American Pitbull de Frank LeRoy. El que abatiste en marzo cuando atacó a la señora Kelly…

En realidad la señora Kelly no fue atacada por Butch, sino arrastrada hasta el arcén entre los coches cuando resbaló y cayó en medio del tráfico de la carretera principal. Pero nosotros recibimos una llamada conforme un perro peligroso estaba atacando a una anciana y actuamos en consecuencia. Para cuando se aclaró todo, ya era demasiado tarde para el pobre Butch. El bueno de Frank lloró como un niño cuando tuvo que reconocer al perro, era el único familiar que tenía después de morir su madre el invierno pasado.

- Pero no puede ser Butch porque le metí una bala en el pecho y otra en la cabeza…

Unos pequeños pulmones sueltan un berrido y tanto el perro como nosotros salimos del trance. El perro mira al bulto, lo toca rápidamente con el hocico, mueve la cola; Dan dispara y el animal sale huyendo. Recorremos la poca distancia que queda a la carrera.

Timmy nos mira desde el suelo. Va en camisetita y pañales y nos mira tan sorprendido como nosotros a él. Dan se quita la cazadora a toda prisa y yo recojo al niño para envolverlo con ella; corremos de vuelta.
Del grupo junto a los coches se alza un rugido de entusiamo.

Mucho más tarde, en comisaria, cuando sabemos que Timmy está ileso, hemos redactado el informe y alguien nos premia con una taza de café hirviendo, me atrevo a decirle a Dan:

- Oye, ¿te diste cuenta de que el crío estaba caliente cuando lo recogimos?

- Sí, lo noté a través de la chaqueta.

- Debería haberse congelado…

- ¿Quieres decir que el perro lo calentó?

- Es posible, los perros a veces hacen esas cosas. Por instinto, ¿sabes?

- Puede ser. Pero quítate de la cabeza lo de Butch. Le metí dos tiros y está más que muerto. Los muertos no vuelven y los perros no tienen alma que les haga regresar.

 
Nota: Relato basado en historias de rescates reales de niños por parte de perros. Dedicado a todos esos animales maravillosos que nos alegran la vida y velan por nosotros más de lo que nos imaginamos. Y a todos aquellos animales que son víctimas de la ignorancia y los prejuicios, todos los que no han tenido ni tendrán una oportunidad porque son "peligrosos", "feos" o "viejos".