Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



viernes, 13 de mayo de 2011

Cuando vi sirenas



                                         Foto: Joan Cadaval

Mi abuelo era el mejor pescador de la isla. Todo el mundo le llamaba Papá Hugo.
Cuando era pequeño me regaló la dentadura completa de un tiburón tigre y me contó que lo había matado cuando era joven, antes de casarse con la abuela, para salvar a una sirena cuyos cabellos habían quedado enredados en el arrecife. Usó su cuchillo para acabar con el enorme tiburón y cortar la melena de la sirena. Esta, en agradecimiento, le regaló su collar de perlas y le dijo que cada vez que saliese a la mar ella y los suyos le protegerían y cuando llegase su hora se lo llevaría a vivir al fondo del mar. Le pregunté a mi abuelo por qué, si la sirena le había dado su valioso collar, seguíamos siendo pobres. Mi abuelo respondió que había invertido las perlas en comprar la casa, en casarse con la abuela, en comprar el bote y arreos de pesca. Más tarde tuvo cinco hijos y fue vendiendo las perlas para poder vivir. También hizo una donación a la iglesia local porque el reverendo Michel le había ayudado muchas veces cuando no tenía nada.

Yo colgué la dentadura sobre el cabecero de mi cama e hice como que le creía para no ofenderle, aunque mi propia moral andaba maltrecha porque mi abuelo me consideraba tan niño como para creerme un cuento así. Mi padre me dijo que el collar de perlas nunca había existido, que jamás había oído hablar de él y que de lo contrario estaríamos viviendo como reyes blancos.

La última vez que vi a Papá Hugo no hacía demasiado que me había contado su historia. Para entonces yo ya había cumplido once años y era el más pequeño de sus nietos; había nacido cuando ya nadie me esperaba, mis hermanos eran mucho mayores y la mayoría estaban ya casados.
Habíamos salido a pescar en su viejo bote. Remé hasta llegar al Paso de La Tortuga, el estrecho entre la laguna y el arrecife. Recuerdo que el sol todavía estaba alto y su frente arrugada estaba perlada de sudor. Se dejó mecer por el vaivén las olas, con los ojos cerrados y el cuerpo relajado, como acababa haciendo siempre que salíamos a pescar juntos.

La laguna turquesa permanecía tranquila. Sólo se escuchaba el leve crujir de la barca sobre el agua cuando las pequeñas olas lamían el casco de forma rítmica. Yo solía jugar a contar los peces que nadaban debajo nuestro, tratando de adivinar cuál de ellos se tragaría el anzuelo.
La plana superfície únicamente se rizaba al soplar una tenue brisa que a veces venía del interior de la isla, trayendo consigo un olor a flores que se mezclaba con el salitre. Respiraba encantado el perfume dulce y ácido a la vez y no había nada que deseara más en el mundo que estar allí, sudando bajo el sol de la tarde con mi abuelo. En momentos como aquel era muy consciente de todo. Del cielo, del viento, del agua, de los sonidos… La Isla, el mar, hablaban y yo comprendía. Creo que cuando él cerraba los ojos también lo hacía. Cuánto daría por poder preguntárselo y saber si el mar y el viento le contaban lo mismo que a mi.

- El tiburón – le oí murmurar de manera casi imperceptible - El tiburón viene – Abrió los ojos y sin demostrar ninguna alteración, con suavidad, me quitó el sedal de las manos.

- Christian – dijo Papá Hugo - Cuando llegues a casa, sin que nadie te vea, mira dentro del pez globo, ese que cuelga del techo del salón y tu abuela llama Tiripané, El Feo – me miró de una forma muy rara y me acarició la mejilla con sus manos nudosas, que olían al aceite de coco que se untaba todas las noches después de cenar -

Le miré más sorprendido por el gesto que por sus palabras. Papá Hugo nunca me trató mal o me pegó pero hasta ese momento tampoco recordaba que me hubiera acariciado. Entonces vi la sombra bajo la barca y se me escapó un grito.Todo fue muy rápido. El sedal tironeó en las manos de mi abuelo, que perdió pie y cayó a plomo al agua. Sin dudarlo, me zambullí yo también. En cuanto lo hice supe que lo más probable era que el tiburón nos comiera a los dos en cuestión de minutos pero, extrañamente, esa certeza me produjo una gran tranquilidad.

Abrí los ojos bajo el agua y no vi nada, parecía como si ambos se hubieran esfumado. Luego les divisé unos metros más allá, al borde del arrecife, donde el horizonte marino se convertía en una oscuridad azulada y difusa. Una silueta formidable nadaba en círculos en torno a Papá Hugo. No, espera, ese no parecía Papá Hugo, ¡sino un joven de la edad de mis hermanos mayores! Abrí mucho los ojos y tuve que esforzarme para no gritar cuando el tiburón le embistió. La primera vez pudo esquivarlo; llevaba un puñal en la mano que perdió al tratar de clavarlo en el costado del gran pez. En medio de la segunda embestida algo muy rápido apareció desde mar abierto y golpeó al escualo en el morro, desviando su trayectoria. No tuve tiempo de ver qué era porque ya no pude aguantar más la respiración y tuve que salir a la superficie para coger una bocanada de aire.

Miré en derredor, por si veía a mi abuelo pero no lo vi por ninguna parte. El bote se había alejado mucho y yo estaba solo en medio del Paso de la Tortuga. Sentí una punzada en el pecho, como si alguien me retorciera el corazón con ambas manos. Aún así, volví a sumergirme y vi al muchacho rodeado de sombras con forma de pez. Al principio creí que eran delfines. Se dice que en ocasiones han acudido en ayuda de humanos. Pero los delfines no tienen cabellera…

Eran más hermosas que los ángeles de piedra de la iglesia del padre Michel. La piel que no estaba cubierta de escamas relucía como el nácar al sol.
Las sirenas formaban un anillo alrededor del chico; eran unas seis o siete. El tiburón nadó alrededor del círculo durante un instante y luego se lo pensó mejor y se alejó hacia mar abierto.
El muchacho me miró y sonrió desde dentro del círculo. Se parecía mucho a mi propio padre pero más joven. Me dijo adiós con la mano.
Y entonces se me acabó el aire de nuevo y tuve que regresar a la superfície, aunque no recuerdo haber llegado a ella ni lo que ocurrió a partir de ahí.

Me encontraron tumbado en el interior del bote, encallado en la playa. Mi padre, mis hermanos y mis tíos y primos buscaron a Papá Hugo durante días. Les costó mucho darse por vencidos. Nadie creyó mi historia. O al menos la creyeron sólo hasta la parte del tiburón. Pensaban que había conseguido subir de nuevo al bote al ver que no podía hacer nada por el abuelo. A partir de ahí todos dijeron que había tragado demasiada agua salada.

Me sentía tan triste por la pérdida de Papá Hugo que pasó un tiempo hasta que recordé lo último que me dijo mi abuelo. La tarde en que oficiaban el funeral me escabullí de la iglesia y corrí hacia la casa; me subí a la mesa del salón y descolgué el reseco pez globo que el padre de Papá Hugo había colgado allí para dar suerte a los novios; la abuela detestaba aquel bicho feo, del que no se deshizo nunca por miedo a ofender al espíritu de su suegro.
Al coger el pez, algo hizo ruido dentro de la barriga de Tiripané, El Feo. Cuando lo volteé sobre la palma de mi mano centelleó una perla grande, redonda, perfecta. La miré al trasluz y la risa sacudió mi cuerpo delgado, llevándose la pena igual que las olas arrastran las conchas vacías de la orilla.


Agradecimientos: A Joan Martí Cadaval (http://www.flickr.com/photos/jomaca) por su colaboración y ayuda a la hora de publicar su trabajo y por ser parte, gracias a sus magníficas fotografías, de la inspiración para este cuento. El resto de las musas provienen de lecturas, sueños y anhelos infantiles en torno a las islas paradisíacas, que siempre me han fascinado.

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