Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



miércoles, 13 de abril de 2011

La casa huérfana


        La gente casi nunca se acercaba a ella. Su silueta recortada sobre la colina les infundía un respeto atemorizado, sobre todo después de lo que se decía que había sucecido entre sus muros. De vez en cuando algún gamberro del pueblo probaba su valor mientras era jaleado por los otros en la distancia pero casi nunca eran capaces de subir a la segunda planta. Ella se encargaba de crujir y rechinar con todas sus fuerzas para amedrentarlos.

El viejo caserón de los Filstrup cada vez se encontraba más solo, destartalado y deprimido. Su apariencia imponente era sólo eso: fachada. ¿Qué culpa tenía de ser un caserón vetusto, de un aspecto señorial que excitaba la imaginación de la gente? Si se supiera la verdad – que el señor Filstrup no había asesinado a su esposa - las cosas habrían ido de otra manera.

La señora Filstrup había sufrido un aneurisma mientras laminaba roast beef en la cocina, clavándose el cuchillo en la caída. Su esposo sólo trataba de ayudarla, por eso habían encontrado el arma en sus manos manchadas de sangre. En aquella época las técnicas policiales no estaban tan avanzadas y Mr. Filstrup dio con sus huesos en la cárcel, donde murió de pena y de un infarto.

Ella no había podido más que contemplar impotente cómo sus amados dueños caían en la más absoluta desgracia, dejándola huérfana. No habían tenido hijos ni les quedaba familia que pudiera encargarse de ella.

Tras salir a subasta, una inmobiliaria de la gran ciudad la adquirió y consiguió venderla rápidamente a una nueva familia. Pero ella seguía llorando su pérdida y los recientes inquilinos pronto la abandonaron, alegando que escuchaban ruidos inexplicables y las paredes temblaban por las noches sin que pasara ninguna vía férrea por las cercanías. En dos ocasiones más ocurrió lo mismo, hasta que la inmobiliaria decidió esperar a que todo se olvidara y retiró el cartel que anunciaba su venta. Sin embargo, durante el proceso terminaron por olvidarse de ella, su ficha perdida en una carpeta dentro de un armario polvoriento al fondo de la oficina.

Y así seguía, con las ventanas clausuradas con maderas desgajadas, la fachada deslustrada invadida por la hiedra, el jardín enmarañado y el porche victoriano – el orgullo de la señora Filstrup – alfombrado de hojas muertas. Pero lo peor de todo era el terrible miedo a la oscuridad que había desarrollado durante aquel tiempo. A lo largo de 40 años el bosque había recuperado centímetro a centímetro lo que había sido suyo y ella sobrevivía atemorizada por lo que le susurraba en su avance nocturno. Amenazaba con engullirla más pronto que tarde y eso sería el fin.

Tras años de soledad y melancolía, su mayor sueño era albergar a una familia joven.Ya no crujiría de pena y añoranza por las noches. Velaría sus sueños, protegiéndoles bien. La barnizarían y repararían el tejado, quizá eligiendo bonitas tejas de un rojo brillante; barrerían y fregarían cada esquina, devolviéndo a los maravillosos suelos de mármol su antiguo esplendor. Pintarían el gran salón de blanco y de azul cielo con dibujos de nubes las habitaciones de los niños. Podarían los setos y el caminito del jardín, instalando un columpio frente a los ventanales de la cocina. Pero eso no era lo más importante. Lo que más anhelaba, por encima de tejas coloridas y una buena escoba, era poder amar de nuevo y ser correspondida. ¡Oh, cómo querría a su nueva familia! Se volvería de sólida roca para ellos, nunca tendrían una casa mejor. La amarían tanto que la conservarían durante generaciones, como un tesoro. Nunca nadie volvería a abandonarla o despreciarla.

Y nunca más volvería a tener miedo de la oscuridad.

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