Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



jueves, 28 de abril de 2011

La sombra sobre el banco de piedra



      Pasaba largas horas observando el banco, como si pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Veía de nuevo la sombra que la hermosa figura de ella proyectaba sobre la piedra, el roce de la falda y las enaguas sobre el cesped recién cortado, las blancas y delicadas manos enguantadas sosteniendo la sombrilla. Si tan sólo le hubiera dicho… Si hubiera sabido que era la última vez… La habría retenido, estaba seguro.

Hacía mucho tiempo que deambulaba por el jardín, en una suerte de espera inane. De vez en cuando se acercaba algún curioso a husmear. Entraban en la casa, salían. A veces llegaban en grupo; otras, solos. En ocasiones se llevaban objetos del interior de la vivienda. Y las menos, sólo tomaban fotografías, lo que le parecía totalmente absurdo. Pasaban junto a él y nunca nadie le saludaba. Ya no podían verle. Algunos pintarrajeaban la fachada de la casa. A todos solía soplarles en la nuca hasta ponerles nerviosos, terminaban por irse. Debía reconocer que le divertía bastante contemplar cómo la mayoría abandonaba sus intenciones y se largaban con el rictus desencajado. Lo único que deseaba era estar solo en el jardín, que nadie  perturbase las huellas que ella había dejado.

Pero, sobre todo, seguía aguardando. Aún sabiendo que su regreso era improbable. Estaba cegado por la obstinación, debía buscar a otra. Todo el mundo se lo decía. "El amor es obstinado, si no, no es amor", respondía él siempre.

Se sentaba en el banco y retrocedía en sus recuerdos de aquel día. Si se concentraba mucho podía hasta oler el delicioso perfume de lavanda que acompañaba sus movimientos, rememorar el timbre de su risa, sentir de nuevo su propio corazón latiendo acelerado, la sangre pulsando en las venas y afluyendo al rostro...

Si ella regresaba de algún modo sabría exactamente qué decirle: que el amor sí es eterno.

 
Nota: pequeño homenaje a la maravillosa trilogía juvenil de las Sombras (María Gripe), a la que pertenece el título de este post.

miércoles, 13 de abril de 2011

La casa huérfana


        La gente casi nunca se acercaba a ella. Su silueta recortada sobre la colina les infundía un respeto atemorizado, sobre todo después de lo que se decía que había sucecido entre sus muros. De vez en cuando algún gamberro del pueblo probaba su valor mientras era jaleado por los otros en la distancia pero casi nunca eran capaces de subir a la segunda planta. Ella se encargaba de crujir y rechinar con todas sus fuerzas para amedrentarlos.

El viejo caserón de los Filstrup cada vez se encontraba más solo, destartalado y deprimido. Su apariencia imponente era sólo eso: fachada. ¿Qué culpa tenía de ser un caserón vetusto, de un aspecto señorial que excitaba la imaginación de la gente? Si se supiera la verdad – que el señor Filstrup no había asesinado a su esposa - las cosas habrían ido de otra manera.

La señora Filstrup había sufrido un aneurisma mientras laminaba roast beef en la cocina, clavándose el cuchillo en la caída. Su esposo sólo trataba de ayudarla, por eso habían encontrado el arma en sus manos manchadas de sangre. En aquella época las técnicas policiales no estaban tan avanzadas y Mr. Filstrup dio con sus huesos en la cárcel, donde murió de pena y de un infarto.

Ella no había podido más que contemplar impotente cómo sus amados dueños caían en la más absoluta desgracia, dejándola huérfana. No habían tenido hijos ni les quedaba familia que pudiera encargarse de ella.

Tras salir a subasta, una inmobiliaria de la gran ciudad la adquirió y consiguió venderla rápidamente a una nueva familia. Pero ella seguía llorando su pérdida y los recientes inquilinos pronto la abandonaron, alegando que escuchaban ruidos inexplicables y las paredes temblaban por las noches sin que pasara ninguna vía férrea por las cercanías. En dos ocasiones más ocurrió lo mismo, hasta que la inmobiliaria decidió esperar a que todo se olvidara y retiró el cartel que anunciaba su venta. Sin embargo, durante el proceso terminaron por olvidarse de ella, su ficha perdida en una carpeta dentro de un armario polvoriento al fondo de la oficina.

Y así seguía, con las ventanas clausuradas con maderas desgajadas, la fachada deslustrada invadida por la hiedra, el jardín enmarañado y el porche victoriano – el orgullo de la señora Filstrup – alfombrado de hojas muertas. Pero lo peor de todo era el terrible miedo a la oscuridad que había desarrollado durante aquel tiempo. A lo largo de 40 años el bosque había recuperado centímetro a centímetro lo que había sido suyo y ella sobrevivía atemorizada por lo que le susurraba en su avance nocturno. Amenazaba con engullirla más pronto que tarde y eso sería el fin.

Tras años de soledad y melancolía, su mayor sueño era albergar a una familia joven.Ya no crujiría de pena y añoranza por las noches. Velaría sus sueños, protegiéndoles bien. La barnizarían y repararían el tejado, quizá eligiendo bonitas tejas de un rojo brillante; barrerían y fregarían cada esquina, devolviéndo a los maravillosos suelos de mármol su antiguo esplendor. Pintarían el gran salón de blanco y de azul cielo con dibujos de nubes las habitaciones de los niños. Podarían los setos y el caminito del jardín, instalando un columpio frente a los ventanales de la cocina. Pero eso no era lo más importante. Lo que más anhelaba, por encima de tejas coloridas y una buena escoba, era poder amar de nuevo y ser correspondida. ¡Oh, cómo querría a su nueva familia! Se volvería de sólida roca para ellos, nunca tendrían una casa mejor. La amarían tanto que la conservarían durante generaciones, como un tesoro. Nunca nadie volvería a abandonarla o despreciarla.

Y nunca más volvería a tener miedo de la oscuridad.

sábado, 9 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Tic tac


      Se comió la mano y el reloj, se comió por fin a Garfio y, finalmente, el tic tac también lo alcanzó a él, un tiempo después. Muerto Garfio su existencia ya no tenía mucho sentido. Tic Tac se tumbó bajo un frondoso árbol una tarde de verano y se durmió para siempre, relamiéndose al recordar el sabor de su presa favorita.