Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



viernes, 11 de marzo de 2011

La llamada

Santa Fe del Montseny


“Ven. Deja todo atrás. Tu vida es fútil, no tiene sentido continuar. Nadie te comprende. Nadie te quiere.Ven. Aquí podrás quedarte para siempre. Hay otros como tú. Otros a los que a nadie importa su congoja. Yo sí os quiero. Os quiero, sois míos. Ven, deja que te abrace y todo el sufrimiento cesará. Aquí encontrarás la paz.Ven.”

Un terror inexplicable se apodera de aquellos excursionistas que, ignorantes de lo que sucede o bien despreciando los carteles de aviso, se adentran en la espesura. Poco a poco, la vegetación se va convirtiendo en una maraña verde; bultos humanos de diferentes tamaños y en distintos niveles de putrefacción cuelgan suspendidos de los árboles. El silencio denso, carente de vida, se apodera de los últimos resquicios de cordura.

Llegados a este punto es demasiado tarde para los incautos: tras vagar perdidos, horrorizados por el escenario, el aliento del bosque penetra en ellos hasta que se dejan caer en cualquier sitio y se unen al resto.

Las gentes del pueblo jamás merodean por esos caminos. Lo llaman El Bosque de los Suicidas pero no todos lo son.

Inspirado por el bosque Aokigahara

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