Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



martes, 22 de febrero de 2011

La hoja viajera

Riera d'Arbucies

La hoja quería recorrer mundo. Lo había deseado toda su vida. Las demás hojas se reían de ella y la llamaban excéntrica pero esto no le importaba. Algún día haría realidad su sueño, de algún modo. Mientras, hablaba de sus planes con el río, el viento y los pájaros, que presumían de saber mucho sobre viajes.

Una mañana, cuando por fin el árbol la dejó ir, ya vieja y cansada aunque decidida a todo, fue a aterrizar sobre la barandilla del puente. Intentó moverse, llegar hasta el río que le había susurrado durante años que él la llevaría hasta el mar. “Desde allí – le dijo – podrías viajar por todo el mundo” Y ella se había pasado la vida preparando su viaje, imaginando qué haría, qué vería. Esperando el momento adecuado para partir.
Y ahora todos sus esfuerzos eran inútiles. Era incapaz de moverse por sí misma.

Comenzó a llorar, viendo que su muerte se acercaba y no podría realizar su sueño. Llamó a su amigo el viento, que había alimentado la pasión viajera de la hoja hablándole de los lugares que había recorrido. Él también le prometió ayudarla en su momento y ahora ni siquiera se dignaba a aparecer. Tampoco los pájaros, que podrían haberla transportado en su pico, hicieron el menor caso de sus súplicas.
Lloró durante tanto tiempo que sus lágrimas formaron un charquito, resbalaron por la barandilla y empaparon el suelo del puente.

Al atardecer de ese día el viento, cansado de sus lloros, rechistó bruscamente sobre el río para que se callara. Y la hoja voló. Por un instante de felicidad creyó que lo había conseguido, que llegaría al río. Sintió que la savia corría de nuevo por sus venas, como en primavera. Sin embargo, el viento sopló del lado contrario por capricho y en lugar de depositarla sobre el arroyo la empujó hacia la orilla. Allí murió la hoja, junto al resto de sus agonizantes compañeras y al pie del árbol que la había visto nacer.

“Por lo menos – se dijo mientras agonizaba– He sido capaz de soñar.”

El viento y el río la olvidaron rápido. Para ellos sólo era una simple hoja. Una hoja un poco excéntrica.

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