Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



martes, 22 de febrero de 2011

La diva del Adriático

Venecia, Italia

    Una anciana señora se acerca a mi lado mientras trato de fotografiar un edificio. Comienza a hablar, sin más, de la antigua gloria. Era ella una muchacha hermosísima, voluptuosa, quizá algo vulgar pero divertida y fogosa. Vivía una fiesta constante, inmersa en una primavera eterna. Diva divina, apasionada, caprichosa, coqueta y fagocitadora de hombres y mujeres. Los amó a todos. Nadie se resistía a su encanto. Ni siquiera ella misma, una víctima más. Ni siquiera ahora, cuando el invierno de los años consume sus huesos.

Miro su rostro ajado, cansado. Sus cabellos de agua, sucios; sus ropas, pestilentes. Tiene la apariencia de una anciana dama venida a menos, pero bajo esa pátina sigue haciendo gala de sus modales de cortesana. Esa es su salvación; su belleza ajada, su espíritu, no son menos cautivadores una vez perdida la frescura de la juventud.

Yo no me moriré nunca – me dice, convencida – Me morirán. Me guiña un ojo, provocadora.
Y caigo rendida a sus pies.

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