Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



viernes, 25 de febrero de 2011

El perrito feo


Para Unax.

    Nata soñaba con ser un perro normal, no un “perro blanco”. Todos los perros que conocía tenían color. Negros con manchas fuego, color canela, rubios, grises, atigrados… Hasta otros perros de pelaje blanco ostentaban grandes manchas negras o marrones. Nadie era blanco puro, como ella.

Lo peor es cuando salía a pasear con Amo por la ciudad donde vivían y se cruzaba con canes desconocidos. Nada más saludarse, le preguntaban extrañados: “¿Y tú por qué no tienes color? ¿Y por qué tienes los ojos del color del cielo? Y ella se moría de la vergüenza y no sabía qué responder. “No lo sé. He nacido así de fea”

Había intentado ponerle remedio en varias ocasiones, con desastrosos resultados. Una vez, mientras Amo pintaba la casa, volcó un bote de pintura azul y se revolcó en el charco ¡El azul era mejor que no tener color! Pero Amo se enfadó muchísimo, la regañó y la castigó por aquello.

En una salida al campo – le encantaba corretear por la hierba – se zambulló en un gran barrizal. El color marrón le entusiasmaba, eran tan común… Sin embargo, Amo volvió a gritar y enfadarse y la bañó enseguida y tan a fondo que cuando terminó con ella habría jurado que era todavía más blanca que antes.

Y siempre que podía se tumbaba al sol. Los humanos lo hacían y su piel se volvía más oscura. Quizá si tomaba el sol como el Amo, su color también cambiaría... Aunque pronto se dio cuenta de que el único efecto que tenía el sol sobre ella era que le producía sueño.

Frustrados todos sus intentos, Nata cada vez se sentía peor, tan fea, tan diferente al resto…

Un día, Amo la llevó al campo de nuevo. Esta vez todo era distinto. No había hierba, el suelo era esponjoso, frío y tan blanco que si se tumbaba era dificil distinguir donde empezaba su pelo y dónde el suelo.

Nata probó a correr. La sensación era extraña pero pronto se acostumbró y pasó un buen rato corriendo de aquí para allá, sin acordarse de sus problemas. De vez en cuando Amo la llamaba y ella acudía a saludarle con la boca abierta y la lengua colgando.

De repente le llegó un olor nuevo y decidió seguir su ratro. Se estaba alejando un poco, escuchó la voz de Amo llamándola pero el aroma era demasiado prometedor y no hizo caso. El olor la llevó a través de un bosquecillo. Ahora escuchaba ruidos también. Escuchaba a otros como ella ladrando excitados, de modo que aún sintió más curiosidad.

Cuando por fin llegó a un claro, descubrió el misterio. Un grupo de unos doce perros la recibió efusivamente, olisqueándola y dándole la bienvenida hasta que el Amo de esos desconocidos se acercó, los reunió y los ató a un trineo uno por uno. También estuvo acariciando a Nata un rato y le dio una galleta.

Nata estaba intrigada, ¡nadie le había preguntado por su pelo! Comprendió por qué al ver que al frente de todos los demás iba un perro totalmente blanco…, como ella. Era el único que no se había acercado a saludarla, así que se aproximó a él con cierta cautela. Se sentía intimidada y maravillada a la vez, ¡no era el único perro blanco del mundo!

Se trataba de un perro imponente, con un pelaje casi más blanco que el de Nata. Sus ojos eran azules. Cuando ella se acercó la miró de arriba abajo con altivez.

“¿Qué estás mirando tanto?” “Que eres blanco” – dijo ella. “Tú también, ¿es que tu Amo no tiene espejos en casa?” “Sí, sí, pensaba que era la única en el mundo que era tan fe…, ¡tan blanca!” Y es que Nata acababa de darse cuenta de que aquel perro no era feo. Su manta de pelo eran tan brillante y puro como el suelo esponjoso y frío y sus ojos tan azules, efectivamente, como el cielo de invierno. Tenía un porte orgulloso y un cuerpo de musculatura poderosa. “Lástima que sea tan antipático – se dijo ella.”

“¿Cómo te llama tu Amo?” – le preguntó él.

En ese momento, Amo apareció entre los árboles, llamándola sofocado.

“¡Nata!”

“Bonito nombre, a mi me llaman Gullick” – y el formidable can le sonrió por primera vez. Nata sonrió también y si hubiera sido posible, se habría puesto un poco roja.

Amo se quedó tan sorprendido al ver el grupo de perros que se le olvidó regañarla.

Nata fue a saludarle y él la acarició, aliviado. El Amo de la jauría se acercó, una chica muy sonriente, preguntó al Amo sobre Nata. Le dijo que era muy bonita, que parecía en forma y que si quería dejar que probara a arrastrar del trineo. Al principio Amo dudó pero en cuanto la chica le dijo que podía subir al trineo con ella, aceptó.

Nata fue colocada al final del trineo. No sabía muy bien qué debía hacer pero enseguida se dio cuenta de que sólo tenía que hacer una cosa: correr.
La Dueña de los Doce dio la orden y Gullick se puso en marcha. Siguieron el camino hasta salir a campo abierto y corrieron sobre la nieve hasta quedar extenuados.
Nata nunca había sido tan feliz y, a juzgar por las miradas que Amo le echaba a La Dueña de los Doce, él tampoco.

Un año después La Dueña de los Doce también se había convertido en su Ama. Ya no vivían en la ciudad, sino en una casa grande, cerca del campo, donde convivía con Los Doce. Podía correr siempre que quisiera y ahora tiraba del trineo junto a Gullick. Bueno, ahora mismo no, ya que tenía que amamantar a sus cachorros, todos del mismo color que el suelo esponjoso y frío cuyo nombre había aprendido ya: nieve.

Miraba a sus cachorros y el color blanco le parecía el más hermoso del mundo.

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