Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



lunes, 28 de febrero de 2011

Bye bye, Earth


Cuando alrededor del Sol se formó aquella bellísima niebla flamígera cubriendo el horizonte, nadie podía imaginar que aquel sería el último atardecer del mundo.

sábado, 26 de febrero de 2011

El autoestopista


Barcelona, Catalunya

Lleva 123 años haciendo autoestop en las alturas, señalando claramente hacia dónde quiere ir y nada, no hay manera. Le colocaron allí sin su permiso y nadie le hace caso. Bueno, eso no es del todo cierto… Está harto de los guiris y sus fotos, de las putas, de los ladrones, de los famosos, del tipo que se hace pasar por él en La Rambla para ganar dinero, de su novia americana que nunca le escribe ni viene a verle, de no poder sentarse – le están saliendo varices en las piernas, la edad no perdona - y de las cagadas de las palomas, que lo tienen acribillado, ¡con el asco que le dan! Además, 123 años de vértigo son demasiados. Si al menos no estuviera tan alto…

Lo que el viento se llevó


Sierra del Cadí, Catalunya

Hay un espacio sagrado dentro de mi, entre pecho y espalda, entre carne y huesos. Es la parte del hogar originario que viajó conmigo hasta aquí; es original, único y puro, y sólo una incompleta fotografía del mundo del que procedo. Mi mente no recuerda pero sí mis ojos y mi corazón; mis manos cuando bordaban dibujos sobre cuero y mis pies cuando caminaban descalzos en comunión con la tierra, los animales y los árboles.

Mirar a ese lugar me hace sentir con toda intensidad la añoranza por la pérdida; ahí están los atardeceres de estío y el viento, el calor y la seguridad del fuego, la sabiduría y la libertad de las llanuras. Todo aquello que desapareció para siempre y no regresará jamás.

Recuerdos de una niña Cree de Alberta, Canadá

viernes, 25 de febrero de 2011

El perrito feo


Para Unax.

    Nata soñaba con ser un perro normal, no un “perro blanco”. Todos los perros que conocía tenían color. Negros con manchas fuego, color canela, rubios, grises, atigrados… Hasta otros perros de pelaje blanco ostentaban grandes manchas negras o marrones. Nadie era blanco puro, como ella.

Lo peor es cuando salía a pasear con Amo por la ciudad donde vivían y se cruzaba con canes desconocidos. Nada más saludarse, le preguntaban extrañados: “¿Y tú por qué no tienes color? ¿Y por qué tienes los ojos del color del cielo? Y ella se moría de la vergüenza y no sabía qué responder. “No lo sé. He nacido así de fea”

Había intentado ponerle remedio en varias ocasiones, con desastrosos resultados. Una vez, mientras Amo pintaba la casa, volcó un bote de pintura azul y se revolcó en el charco ¡El azul era mejor que no tener color! Pero Amo se enfadó muchísimo, la regañó y la castigó por aquello.

En una salida al campo – le encantaba corretear por la hierba – se zambulló en un gran barrizal. El color marrón le entusiasmaba, eran tan común… Sin embargo, Amo volvió a gritar y enfadarse y la bañó enseguida y tan a fondo que cuando terminó con ella habría jurado que era todavía más blanca que antes.

Y siempre que podía se tumbaba al sol. Los humanos lo hacían y su piel se volvía más oscura. Quizá si tomaba el sol como el Amo, su color también cambiaría... Aunque pronto se dio cuenta de que el único efecto que tenía el sol sobre ella era que le producía sueño.

Frustrados todos sus intentos, Nata cada vez se sentía peor, tan fea, tan diferente al resto…

Un día, Amo la llevó al campo de nuevo. Esta vez todo era distinto. No había hierba, el suelo era esponjoso, frío y tan blanco que si se tumbaba era dificil distinguir donde empezaba su pelo y dónde el suelo.

Nata probó a correr. La sensación era extraña pero pronto se acostumbró y pasó un buen rato corriendo de aquí para allá, sin acordarse de sus problemas. De vez en cuando Amo la llamaba y ella acudía a saludarle con la boca abierta y la lengua colgando.

De repente le llegó un olor nuevo y decidió seguir su ratro. Se estaba alejando un poco, escuchó la voz de Amo llamándola pero el aroma era demasiado prometedor y no hizo caso. El olor la llevó a través de un bosquecillo. Ahora escuchaba ruidos también. Escuchaba a otros como ella ladrando excitados, de modo que aún sintió más curiosidad.

Cuando por fin llegó a un claro, descubrió el misterio. Un grupo de unos doce perros la recibió efusivamente, olisqueándola y dándole la bienvenida hasta que el Amo de esos desconocidos se acercó, los reunió y los ató a un trineo uno por uno. También estuvo acariciando a Nata un rato y le dio una galleta.

Nata estaba intrigada, ¡nadie le había preguntado por su pelo! Comprendió por qué al ver que al frente de todos los demás iba un perro totalmente blanco…, como ella. Era el único que no se había acercado a saludarla, así que se aproximó a él con cierta cautela. Se sentía intimidada y maravillada a la vez, ¡no era el único perro blanco del mundo!

Se trataba de un perro imponente, con un pelaje casi más blanco que el de Nata. Sus ojos eran azules. Cuando ella se acercó la miró de arriba abajo con altivez.

“¿Qué estás mirando tanto?” “Que eres blanco” – dijo ella. “Tú también, ¿es que tu Amo no tiene espejos en casa?” “Sí, sí, pensaba que era la única en el mundo que era tan fe…, ¡tan blanca!” Y es que Nata acababa de darse cuenta de que aquel perro no era feo. Su manta de pelo eran tan brillante y puro como el suelo esponjoso y frío y sus ojos tan azules, efectivamente, como el cielo de invierno. Tenía un porte orgulloso y un cuerpo de musculatura poderosa. “Lástima que sea tan antipático – se dijo ella.”

“¿Cómo te llama tu Amo?” – le preguntó él.

En ese momento, Amo apareció entre los árboles, llamándola sofocado.

“¡Nata!”

“Bonito nombre, a mi me llaman Gullick” – y el formidable can le sonrió por primera vez. Nata sonrió también y si hubiera sido posible, se habría puesto un poco roja.

Amo se quedó tan sorprendido al ver el grupo de perros que se le olvidó regañarla.

Nata fue a saludarle y él la acarició, aliviado. El Amo de la jauría se acercó, una chica muy sonriente, preguntó al Amo sobre Nata. Le dijo que era muy bonita, que parecía en forma y que si quería dejar que probara a arrastrar del trineo. Al principio Amo dudó pero en cuanto la chica le dijo que podía subir al trineo con ella, aceptó.

Nata fue colocada al final del trineo. No sabía muy bien qué debía hacer pero enseguida se dio cuenta de que sólo tenía que hacer una cosa: correr.
La Dueña de los Doce dio la orden y Gullick se puso en marcha. Siguieron el camino hasta salir a campo abierto y corrieron sobre la nieve hasta quedar extenuados.
Nata nunca había sido tan feliz y, a juzgar por las miradas que Amo le echaba a La Dueña de los Doce, él tampoco.

Un año después La Dueña de los Doce también se había convertido en su Ama. Ya no vivían en la ciudad, sino en una casa grande, cerca del campo, donde convivía con Los Doce. Podía correr siempre que quisiera y ahora tiraba del trineo junto a Gullick. Bueno, ahora mismo no, ya que tenía que amamantar a sus cachorros, todos del mismo color que el suelo esponjoso y frío cuyo nombre había aprendido ya: nieve.

Miraba a sus cachorros y el color blanco le parecía el más hermoso del mundo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Del cielo a la tierra

Estany de la Pera, Cerdanya, Catalunya


Cuentan los ancianos del lugar que las flores azules siempre crecen donde, en un día radiante de verano de hace mucho tiempo, cayó un trozo de cielo.

Infiel




Llac de Banyoles, Girona, Catalunya

No se trata de una simple discusión matrimonial. La señora Cuac acaba de descubrir que su marido es polígamo.
"Soy un pato y está en mi naturaleza, no puedo evitarlo..." - alega él, cabizbajo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Tráfico infernal

Ctra de Colungo a Barbastro

Aquel señor estaba harto de no poder ver a su familia, que vivía al otro lado de la carretera, porque cada vez que intentaba cruzarla un coche salía de la nada y pasaba a velocidad endemoniada.

martes, 22 de febrero de 2011

La hoja viajera

Riera d'Arbucies

La hoja quería recorrer mundo. Lo había deseado toda su vida. Las demás hojas se reían de ella y la llamaban excéntrica pero esto no le importaba. Algún día haría realidad su sueño, de algún modo. Mientras, hablaba de sus planes con el río, el viento y los pájaros, que presumían de saber mucho sobre viajes.

Una mañana, cuando por fin el árbol la dejó ir, ya vieja y cansada aunque decidida a todo, fue a aterrizar sobre la barandilla del puente. Intentó moverse, llegar hasta el río que le había susurrado durante años que él la llevaría hasta el mar. “Desde allí – le dijo – podrías viajar por todo el mundo” Y ella se había pasado la vida preparando su viaje, imaginando qué haría, qué vería. Esperando el momento adecuado para partir.
Y ahora todos sus esfuerzos eran inútiles. Era incapaz de moverse por sí misma.

Comenzó a llorar, viendo que su muerte se acercaba y no podría realizar su sueño. Llamó a su amigo el viento, que había alimentado la pasión viajera de la hoja hablándole de los lugares que había recorrido. Él también le prometió ayudarla en su momento y ahora ni siquiera se dignaba a aparecer. Tampoco los pájaros, que podrían haberla transportado en su pico, hicieron el menor caso de sus súplicas.
Lloró durante tanto tiempo que sus lágrimas formaron un charquito, resbalaron por la barandilla y empaparon el suelo del puente.

Al atardecer de ese día el viento, cansado de sus lloros, rechistó bruscamente sobre el río para que se callara. Y la hoja voló. Por un instante de felicidad creyó que lo había conseguido, que llegaría al río. Sintió que la savia corría de nuevo por sus venas, como en primavera. Sin embargo, el viento sopló del lado contrario por capricho y en lugar de depositarla sobre el arroyo la empujó hacia la orilla. Allí murió la hoja, junto al resto de sus agonizantes compañeras y al pie del árbol que la había visto nacer.

“Por lo menos – se dijo mientras agonizaba– He sido capaz de soñar.”

El viento y el río la olvidaron rápido. Para ellos sólo era una simple hoja. Una hoja un poco excéntrica.

Bajo la piel



Muchas veces, cuando crees que estoy a tu lado
Tan sólida, estoy muy lejos...
Estoy soñando con regresar a casa
Estoy rozando el mundo
con la punta de mi mente,
con mi alma aborigen,
con mi espíritu salvaje.
Sobrevivo con una flecha
incrustada en la manzana roja
de mi corazón.

Tan sólo es que me disfrazo muy bien
Como con cubiertos
Parezco sólo una mujer
Casi soy todo lo que debo ser.
 
Cuando no me ves
Yo soy campesina
y aviador
fotógrafa,
y peregrina,
encantadora de serpientes
en busca de un dragón.



La diva del Adriático

Venecia, Italia

    Una anciana señora se acerca a mi lado mientras trato de fotografiar un edificio. Comienza a hablar, sin más, de la antigua gloria. Era ella una muchacha hermosísima, voluptuosa, quizá algo vulgar pero divertida y fogosa. Vivía una fiesta constante, inmersa en una primavera eterna. Diva divina, apasionada, caprichosa, coqueta y fagocitadora de hombres y mujeres. Los amó a todos. Nadie se resistía a su encanto. Ni siquiera ella misma, una víctima más. Ni siquiera ahora, cuando el invierno de los años consume sus huesos.

Miro su rostro ajado, cansado. Sus cabellos de agua, sucios; sus ropas, pestilentes. Tiene la apariencia de una anciana dama venida a menos, pero bajo esa pátina sigue haciendo gala de sus modales de cortesana. Esa es su salvación; su belleza ajada, su espíritu, no son menos cautivadores una vez perdida la frescura de la juventud.

Yo no me moriré nunca – me dice, convencida – Me morirán. Me guiña un ojo, provocadora.
Y caigo rendida a sus pies.

La escritura del Sol



      La luz es su pluma, la sombra su tinta y el mundo el papel. Con ellos, el Sol nos escribe cartas de amor que no sabemos leer.

lunes, 21 de febrero de 2011

El Rey de los Gatos



    “Nunca te doblegues ante un humano. Eres un príncipe y una vez fuimos venerados y temidos por la raza humana. Algún día, hijo mío, serás el nuevo Irusan. Dejaremos de custodiar para ellos las puertas del Otro Lado y los hombres sufrirán el castigo que merecen, como las ratas de dos patas que son. Pero por el momento, dejemos que los humanos crean que son ellos quienes gobiernan el mundo. Esperemos nuestro momento, pues ya no está lejos”

El puente realizado



Era un puente humilde, insignificante, comparado con sus primos de las grandes ciudades. Un puente solitario y no especialmente agraciado, que cruzaba hacia un sendero muerto hacía mucho tiempo. Sus días de servicio habían terminado y se sentía viejo y olvidado. Ya nunca recíbía visitas...

Pero un día conoció a un inquieto trasero con gran afán de protagonismo. El trasero y el puente se hicieron amigos, se fotografiaron juntos y el trasero habló maravillas de él a otros traseros.
A partir de entonces, numerosos traseros comenzaron a frecuentar el pequeño puente; se apoyaban en él para fotografiarse, charlar con él o suspirar ante el azul de las aguas del río.

El puente dejó así de sentirse solo y de envidiar a sus primos urbanitas. ¡Volvía a ser feliz y tenía amigos!

El santuario verde

  Santa Fe del Montseny, Barcelona, Catalunya


    La criatura era tan vieja, había permanecido tanto tiempo en las profundidades esmeraldas del bosque, que el mundo había olvidado su existencia. De tal manera que incluso ella misma era incapaz de recordar su nombre e ignoraba que era la última de su raza. Donde la hiedra extendía entre los árboles una tela de araña verde, penetrada tan sólo por escuálidos haces de luz, moraba ella acurrucada en la penumbra húmeda. Ese era su hogar, un fresco, sereno y olvidado santuario arbóreo.