Pertenezco a los bosques, a los ríos, a la hierba húmeda, a los témpanos de hielo y al sol de primavera; pertenezco a los lobos y a los valles, al águila y a la lechuza, a los árboles y a los lagos, al mar y al desierto. Y en las noches de luna roja de agosto, mi alma ulula desconsolada porque anhela regresar a casa.
R.M.



jueves, 22 de diciembre de 2011

La teta de Lakshmi





         Hace tiempo que la teta de la diosa se secó pero los lugareños siguen poniéndo sus labios sobre ella con la esperanza de que algún día regrese la abundancia de antaño.

martes, 13 de diciembre de 2011

Butch



          Durante dos días se realizan batidas por todo el pueblo y los bosques cercanos. Tiene un año y medio y las últimas noches ha helado. Apenas lleva una camiseta y los pañales. Es dificil pero conservamos la esperanza.

Cuando Dan me llama por el walkie y me reclama en El Descampado me temo lo peor. Son las cinco de la mañana y hace un frío del carajo . Los coches de mis compañeros se comen la negrura de la noche con sus faros, más allá de los cuales atisbo una sombra blanca agazapada contra el suelo.

Me abro paso entre algunos voluntarios del pueblo; muchas son mujeres. La mayoría han perdido algún marido o hijo en las minas y saben lo que se siente. Se apelotonan alrededor de mis compañeros, el padre del chaval y sus hermanos a la cabeza. Rob y yo somos los últimos en llegar, estábamos en la otra punta del pueblo. Al principio no me doy cuenta del silencio y lo rompo al gritarle a Dan:

- ¡¿Joder, pero qué haceis aquí plantados?! ¡¿Por qué no os habeis acercado a investigar?!

Dan me hace un gesto para que me calle.

- No grites – es curioso porque inconscientemente de hablado casi en susurros – Parece algún tipo de alimaña. Y tiene una presa. Podría ser el niño.

- Si hubieras ido ya se habría largado y sabríamos si es el niño o no.

- Es grande. Si sale huyendo con el crío en la boca podríamos perderle. Incluso si aún está vivo podría matarle al huir.

- ¿Y qué vamos a hacer? ¿Esperar a que se lo coma delante nuestro? – saco mi arma y echo a andar.

Alguien me agarra del brazo y me retiene. Me imagino que es Dan pero cuando me giro es Luke, el padre de Timothy, quien me agarra. Tiene ojeras y barba de dos días. Apesta a sudor pero ni gota de alcohol en su aliento. Curiosamente parece que las desgracias son las únicas circunstancias en las que consigue mantenerse sobrio. También lo estaba en el funeral de Martha.

- Prefiero esperar, Mike – señala el horizonte - A que amanezca. Falta poco. No creo que eso sea mi Timmy pero ojalá lo fuera, ¿entiendes lo que quiero decir?

- Como quieras – enfundo el arma y los dos regresamos hasta los coches.

Esperamos en silencio bajo el alba gélida, ateridos, mudos. Hay un ambiente casi de oración, como cuando el predicador da un sermón dominical especialmente emotivo.
La cosa blanca, sea lo que sea, no se ha movido en todo este tiempo.

Junto con la llegada de cierta claridad grisácea por fin hay una especie de movimiento al unísono que rompe la espera. Dan mira a Luke, que asiente tranquilo, y entonces da instrucciones a los chicos para que no se mueva nadie. Me hace un gesto con la cabeza para que le acompañe mientras saca el arma.
Nos acercamos despacio. No hemos dado ni tres pasos cuando la cosa blanca se mueve y se pone en pie. Es un perro. Un perro blanco. El bulto en el suelo se mueve un poco.

El animal es un perro de presa. Un pittbull, diría yo, estamos demasiado lejos para saberlo con certeza. Tiene unas manchas oscuras en el pecho, la cara y el cuello, sangre, quizás. Permanece en alerta, con el rabo extendido, mirándonos fijamente. Dan se detiene, dubitativo. Entonces me viene todo a la cabeza y sé qué le ha forzado a no seguir avanzando.

El primer caso fue la hija de los Ackerman, 6 años, que estando de picnic en el río se alejó de su familia y cayó al agua mientras jugaba. Dijo que un perrito la había sacado del agua y días más tarde hizo montones de dibujos de ella misma y un perro blanco jugando en la orilla. Nadie vio nada de lo que contó la niña.

El segundo, cuando la casa de la viuda Katie Simon sufrió un incendio de madrugada, encontrándose dentro ella y sus tres hijos, Samuel, de 12 años, Vivi de 8 y Brenda, de 5. Samuel avisó a su madre y hermanas, consiguiendo salir ilesos antes de que llegasen los bomberos y todos lo trataron como a un héroe. El chico dijo que en realidad le despertó un perro blanco sacudiéndolo en mitad de la noche.

Y luego había desaparecido el pequeño Timmy.

- ¿Crees que será el mismo perro del que hablaban esos niños?

- No lo sé. Acerquémonos un poco más.

Todo el cuerpo del animal se tensa, aún más si cabe, cuando reanudamos la marcha.
Esta vez oímos el gemido claramente. Una manita se levanta hacia el cielo.

- Dios mío, Mike… ¿No te recuerda a algo ese perro? ¿No se parece mucho a…?

El perro sigue inmóvil, escrutándonos. Ahora estamos a tan sólo unos metros, tan cerca que podemos ver cómo se mueve la musculatura en tensión bajo su pelaje blanco. Está cubierto de suciedad y restos de sangre…

- Butch, el American Pitbull de Frank LeRoy. El que abatiste en marzo cuando atacó a la señora Kelly…

En realidad la señora Kelly no fue atacada por Butch, sino arrastrada hasta el arcén entre los coches cuando resbaló y cayó en medio del tráfico de la carretera principal. Pero nosotros recibimos una llamada conforme un perro peligroso estaba atacando a una anciana y actuamos en consecuencia. Para cuando se aclaró todo, ya era demasiado tarde para el pobre Butch. El bueno de Frank lloró como un niño cuando tuvo que reconocer al perro, era el único familiar que tenía después de morir su madre el invierno pasado.

- Pero no puede ser Butch porque le metí una bala en el pecho y otra en la cabeza…

Unos pequeños pulmones sueltan un berrido y tanto el perro como nosotros salimos del trance. El perro mira al bulto, lo toca rápidamente con el hocico, mueve la cola; Dan dispara y el animal sale huyendo. Recorremos la poca distancia que queda a la carrera.

Timmy nos mira desde el suelo. Va en camisetita y pañales y nos mira tan sorprendido como nosotros a él. Dan se quita la cazadora a toda prisa y yo recojo al niño para envolverlo con ella; corremos de vuelta.
Del grupo junto a los coches se alza un rugido de entusiamo.

Mucho más tarde, en comisaria, cuando sabemos que Timmy está ileso, hemos redactado el informe y alguien nos premia con una taza de café hirviendo, me atrevo a decirle a Dan:

- Oye, ¿te diste cuenta de que el crío estaba caliente cuando lo recogimos?

- Sí, lo noté a través de la chaqueta.

- Debería haberse congelado…

- ¿Quieres decir que el perro lo calentó?

- Es posible, los perros a veces hacen esas cosas. Por instinto, ¿sabes?

- Puede ser. Pero quítate de la cabeza lo de Butch. Le metí dos tiros y está más que muerto. Los muertos no vuelven y los perros no tienen alma que les haga regresar.

 
Nota: Relato basado en historias de rescates reales de niños por parte de perros. Dedicado a todos esos animales maravillosos que nos alegran la vida y velan por nosotros más de lo que nos imaginamos. Y a todos aquellos animales que son víctimas de la ignorancia y los prejuicios, todos los que no han tenido ni tendrán una oportunidad porque son "peligrosos", "feos" o "viejos".

lunes, 24 de octubre de 2011

The eye


Como a hijos pródigos, la naturaleza nos observa desde lugares insospechados pero no somos merecedores de su amor.

La verdad


     De repente, el viento siseó entre las copas de los árboles y él supo que no regresaría jamás ni al trabajo, ni a su casa ni a su familia. Todo aquello había dejado de tener relevancia. Lo único que importaba era vivir.

martes, 31 de mayo de 2011

El umbral de espejo



     Había dibujos desparramados por todas las estancias de la gran casa inhabitada, como en su sueño. En el suelo de mármol, encima de los muebles, sobre la cama deshecha… Extraordinarios trazos de colores trayendo a la vida personas, objetos y animales. Eran muy buenos y dolía verlos llenos de polvo, manchados, arrugados. Los observó largo rato, boquiabierta. ¿Qué tipo de artista podía abandonar así su obra?

Percibía todo el tiempo en el aire una frágil vibración que la incomodaba y que se intensificó al llegar a la buhardilla. Ella seguía aquella señal como si de un olor se tratara: el aroma de la angustia, del dolor, de la desesperanza. Lo conocía bien.

El espejo estaba en el suelo, apoyado contra la pared. Reflejaba una banqueta y unas piernas. Escuchó la petición del artista con el corazón encogido y no cerró los ojos cuando las piernas arañaron el aire. Era lo mínimo que podía hacer por él.

Cuando todo acabó recogió todos los dibujos uno a uno y encendió una pira en la vieja fuente del jardín, seca desde hacía mucho tiempo, como en su sueño.

De este modo, ya no quedaba nada de él que pudiera atarle al mundo…, excepto el recuerdo que ella guardaba en su mente. Sólo alli el artista se sentía a salvo.

viernes, 13 de mayo de 2011

Cuando vi sirenas



                                         Foto: Joan Cadaval

Mi abuelo era el mejor pescador de la isla. Todo el mundo le llamaba Papá Hugo.
Cuando era pequeño me regaló la dentadura completa de un tiburón tigre y me contó que lo había matado cuando era joven, antes de casarse con la abuela, para salvar a una sirena cuyos cabellos habían quedado enredados en el arrecife. Usó su cuchillo para acabar con el enorme tiburón y cortar la melena de la sirena. Esta, en agradecimiento, le regaló su collar de perlas y le dijo que cada vez que saliese a la mar ella y los suyos le protegerían y cuando llegase su hora se lo llevaría a vivir al fondo del mar. Le pregunté a mi abuelo por qué, si la sirena le había dado su valioso collar, seguíamos siendo pobres. Mi abuelo respondió que había invertido las perlas en comprar la casa, en casarse con la abuela, en comprar el bote y arreos de pesca. Más tarde tuvo cinco hijos y fue vendiendo las perlas para poder vivir. También hizo una donación a la iglesia local porque el reverendo Michel le había ayudado muchas veces cuando no tenía nada.

Yo colgué la dentadura sobre el cabecero de mi cama e hice como que le creía para no ofenderle, aunque mi propia moral andaba maltrecha porque mi abuelo me consideraba tan niño como para creerme un cuento así. Mi padre me dijo que el collar de perlas nunca había existido, que jamás había oído hablar de él y que de lo contrario estaríamos viviendo como reyes blancos.

La última vez que vi a Papá Hugo no hacía demasiado que me había contado su historia. Para entonces yo ya había cumplido once años y era el más pequeño de sus nietos; había nacido cuando ya nadie me esperaba, mis hermanos eran mucho mayores y la mayoría estaban ya casados.
Habíamos salido a pescar en su viejo bote. Remé hasta llegar al Paso de La Tortuga, el estrecho entre la laguna y el arrecife. Recuerdo que el sol todavía estaba alto y su frente arrugada estaba perlada de sudor. Se dejó mecer por el vaivén las olas, con los ojos cerrados y el cuerpo relajado, como acababa haciendo siempre que salíamos a pescar juntos.

La laguna turquesa permanecía tranquila. Sólo se escuchaba el leve crujir de la barca sobre el agua cuando las pequeñas olas lamían el casco de forma rítmica. Yo solía jugar a contar los peces que nadaban debajo nuestro, tratando de adivinar cuál de ellos se tragaría el anzuelo.
La plana superfície únicamente se rizaba al soplar una tenue brisa que a veces venía del interior de la isla, trayendo consigo un olor a flores que se mezclaba con el salitre. Respiraba encantado el perfume dulce y ácido a la vez y no había nada que deseara más en el mundo que estar allí, sudando bajo el sol de la tarde con mi abuelo. En momentos como aquel era muy consciente de todo. Del cielo, del viento, del agua, de los sonidos… La Isla, el mar, hablaban y yo comprendía. Creo que cuando él cerraba los ojos también lo hacía. Cuánto daría por poder preguntárselo y saber si el mar y el viento le contaban lo mismo que a mi.

- El tiburón – le oí murmurar de manera casi imperceptible - El tiburón viene – Abrió los ojos y sin demostrar ninguna alteración, con suavidad, me quitó el sedal de las manos.

- Christian – dijo Papá Hugo - Cuando llegues a casa, sin que nadie te vea, mira dentro del pez globo, ese que cuelga del techo del salón y tu abuela llama Tiripané, El Feo – me miró de una forma muy rara y me acarició la mejilla con sus manos nudosas, que olían al aceite de coco que se untaba todas las noches después de cenar -

Le miré más sorprendido por el gesto que por sus palabras. Papá Hugo nunca me trató mal o me pegó pero hasta ese momento tampoco recordaba que me hubiera acariciado. Entonces vi la sombra bajo la barca y se me escapó un grito.Todo fue muy rápido. El sedal tironeó en las manos de mi abuelo, que perdió pie y cayó a plomo al agua. Sin dudarlo, me zambullí yo también. En cuanto lo hice supe que lo más probable era que el tiburón nos comiera a los dos en cuestión de minutos pero, extrañamente, esa certeza me produjo una gran tranquilidad.

Abrí los ojos bajo el agua y no vi nada, parecía como si ambos se hubieran esfumado. Luego les divisé unos metros más allá, al borde del arrecife, donde el horizonte marino se convertía en una oscuridad azulada y difusa. Una silueta formidable nadaba en círculos en torno a Papá Hugo. No, espera, ese no parecía Papá Hugo, ¡sino un joven de la edad de mis hermanos mayores! Abrí mucho los ojos y tuve que esforzarme para no gritar cuando el tiburón le embistió. La primera vez pudo esquivarlo; llevaba un puñal en la mano que perdió al tratar de clavarlo en el costado del gran pez. En medio de la segunda embestida algo muy rápido apareció desde mar abierto y golpeó al escualo en el morro, desviando su trayectoria. No tuve tiempo de ver qué era porque ya no pude aguantar más la respiración y tuve que salir a la superficie para coger una bocanada de aire.

Miré en derredor, por si veía a mi abuelo pero no lo vi por ninguna parte. El bote se había alejado mucho y yo estaba solo en medio del Paso de la Tortuga. Sentí una punzada en el pecho, como si alguien me retorciera el corazón con ambas manos. Aún así, volví a sumergirme y vi al muchacho rodeado de sombras con forma de pez. Al principio creí que eran delfines. Se dice que en ocasiones han acudido en ayuda de humanos. Pero los delfines no tienen cabellera…

Eran más hermosas que los ángeles de piedra de la iglesia del padre Michel. La piel que no estaba cubierta de escamas relucía como el nácar al sol.
Las sirenas formaban un anillo alrededor del chico; eran unas seis o siete. El tiburón nadó alrededor del círculo durante un instante y luego se lo pensó mejor y se alejó hacia mar abierto.
El muchacho me miró y sonrió desde dentro del círculo. Se parecía mucho a mi propio padre pero más joven. Me dijo adiós con la mano.
Y entonces se me acabó el aire de nuevo y tuve que regresar a la superfície, aunque no recuerdo haber llegado a ella ni lo que ocurrió a partir de ahí.

Me encontraron tumbado en el interior del bote, encallado en la playa. Mi padre, mis hermanos y mis tíos y primos buscaron a Papá Hugo durante días. Les costó mucho darse por vencidos. Nadie creyó mi historia. O al menos la creyeron sólo hasta la parte del tiburón. Pensaban que había conseguido subir de nuevo al bote al ver que no podía hacer nada por el abuelo. A partir de ahí todos dijeron que había tragado demasiada agua salada.

Me sentía tan triste por la pérdida de Papá Hugo que pasó un tiempo hasta que recordé lo último que me dijo mi abuelo. La tarde en que oficiaban el funeral me escabullí de la iglesia y corrí hacia la casa; me subí a la mesa del salón y descolgué el reseco pez globo que el padre de Papá Hugo había colgado allí para dar suerte a los novios; la abuela detestaba aquel bicho feo, del que no se deshizo nunca por miedo a ofender al espíritu de su suegro.
Al coger el pez, algo hizo ruido dentro de la barriga de Tiripané, El Feo. Cuando lo volteé sobre la palma de mi mano centelleó una perla grande, redonda, perfecta. La miré al trasluz y la risa sacudió mi cuerpo delgado, llevándose la pena igual que las olas arrastran las conchas vacías de la orilla.


Agradecimientos: A Joan Martí Cadaval (http://www.flickr.com/photos/jomaca) por su colaboración y ayuda a la hora de publicar su trabajo y por ser parte, gracias a sus magníficas fotografías, de la inspiración para este cuento. El resto de las musas provienen de lecturas, sueños y anhelos infantiles en torno a las islas paradisíacas, que siempre me han fascinado.

jueves, 28 de abril de 2011

La sombra sobre el banco de piedra



      Pasaba largas horas observando el banco, como si pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Veía de nuevo la sombra que la hermosa figura de ella proyectaba sobre la piedra, el roce de la falda y las enaguas sobre el cesped recién cortado, las blancas y delicadas manos enguantadas sosteniendo la sombrilla. Si tan sólo le hubiera dicho… Si hubiera sabido que era la última vez… La habría retenido, estaba seguro.

Hacía mucho tiempo que deambulaba por el jardín, en una suerte de espera inane. De vez en cuando se acercaba algún curioso a husmear. Entraban en la casa, salían. A veces llegaban en grupo; otras, solos. En ocasiones se llevaban objetos del interior de la vivienda. Y las menos, sólo tomaban fotografías, lo que le parecía totalmente absurdo. Pasaban junto a él y nunca nadie le saludaba. Ya no podían verle. Algunos pintarrajeaban la fachada de la casa. A todos solía soplarles en la nuca hasta ponerles nerviosos, terminaban por irse. Debía reconocer que le divertía bastante contemplar cómo la mayoría abandonaba sus intenciones y se largaban con el rictus desencajado. Lo único que deseaba era estar solo en el jardín, que nadie  perturbase las huellas que ella había dejado.

Pero, sobre todo, seguía aguardando. Aún sabiendo que su regreso era improbable. Estaba cegado por la obstinación, debía buscar a otra. Todo el mundo se lo decía. "El amor es obstinado, si no, no es amor", respondía él siempre.

Se sentaba en el banco y retrocedía en sus recuerdos de aquel día. Si se concentraba mucho podía hasta oler el delicioso perfume de lavanda que acompañaba sus movimientos, rememorar el timbre de su risa, sentir de nuevo su propio corazón latiendo acelerado, la sangre pulsando en las venas y afluyendo al rostro...

Si ella regresaba de algún modo sabría exactamente qué decirle: que el amor sí es eterno.

 
Nota: pequeño homenaje a la maravillosa trilogía juvenil de las Sombras (María Gripe), a la que pertenece el título de este post.

miércoles, 13 de abril de 2011

La casa huérfana


        La gente casi nunca se acercaba a ella. Su silueta recortada sobre la colina les infundía un respeto atemorizado, sobre todo después de lo que se decía que había sucecido entre sus muros. De vez en cuando algún gamberro del pueblo probaba su valor mientras era jaleado por los otros en la distancia pero casi nunca eran capaces de subir a la segunda planta. Ella se encargaba de crujir y rechinar con todas sus fuerzas para amedrentarlos.

El viejo caserón de los Filstrup cada vez se encontraba más solo, destartalado y deprimido. Su apariencia imponente era sólo eso: fachada. ¿Qué culpa tenía de ser un caserón vetusto, de un aspecto señorial que excitaba la imaginación de la gente? Si se supiera la verdad – que el señor Filstrup no había asesinado a su esposa - las cosas habrían ido de otra manera.

La señora Filstrup había sufrido un aneurisma mientras laminaba roast beef en la cocina, clavándose el cuchillo en la caída. Su esposo sólo trataba de ayudarla, por eso habían encontrado el arma en sus manos manchadas de sangre. En aquella época las técnicas policiales no estaban tan avanzadas y Mr. Filstrup dio con sus huesos en la cárcel, donde murió de pena y de un infarto.

Ella no había podido más que contemplar impotente cómo sus amados dueños caían en la más absoluta desgracia, dejándola huérfana. No habían tenido hijos ni les quedaba familia que pudiera encargarse de ella.

Tras salir a subasta, una inmobiliaria de la gran ciudad la adquirió y consiguió venderla rápidamente a una nueva familia. Pero ella seguía llorando su pérdida y los recientes inquilinos pronto la abandonaron, alegando que escuchaban ruidos inexplicables y las paredes temblaban por las noches sin que pasara ninguna vía férrea por las cercanías. En dos ocasiones más ocurrió lo mismo, hasta que la inmobiliaria decidió esperar a que todo se olvidara y retiró el cartel que anunciaba su venta. Sin embargo, durante el proceso terminaron por olvidarse de ella, su ficha perdida en una carpeta dentro de un armario polvoriento al fondo de la oficina.

Y así seguía, con las ventanas clausuradas con maderas desgajadas, la fachada deslustrada invadida por la hiedra, el jardín enmarañado y el porche victoriano – el orgullo de la señora Filstrup – alfombrado de hojas muertas. Pero lo peor de todo era el terrible miedo a la oscuridad que había desarrollado durante aquel tiempo. A lo largo de 40 años el bosque había recuperado centímetro a centímetro lo que había sido suyo y ella sobrevivía atemorizada por lo que le susurraba en su avance nocturno. Amenazaba con engullirla más pronto que tarde y eso sería el fin.

Tras años de soledad y melancolía, su mayor sueño era albergar a una familia joven.Ya no crujiría de pena y añoranza por las noches. Velaría sus sueños, protegiéndoles bien. La barnizarían y repararían el tejado, quizá eligiendo bonitas tejas de un rojo brillante; barrerían y fregarían cada esquina, devolviéndo a los maravillosos suelos de mármol su antiguo esplendor. Pintarían el gran salón de blanco y de azul cielo con dibujos de nubes las habitaciones de los niños. Podarían los setos y el caminito del jardín, instalando un columpio frente a los ventanales de la cocina. Pero eso no era lo más importante. Lo que más anhelaba, por encima de tejas coloridas y una buena escoba, era poder amar de nuevo y ser correspondida. ¡Oh, cómo querría a su nueva familia! Se volvería de sólida roca para ellos, nunca tendrían una casa mejor. La amarían tanto que la conservarían durante generaciones, como un tesoro. Nunca nadie volvería a abandonarla o despreciarla.

Y nunca más volvería a tener miedo de la oscuridad.

sábado, 9 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Tic tac


      Se comió la mano y el reloj, se comió por fin a Garfio y, finalmente, el tic tac también lo alcanzó a él, un tiempo después. Muerto Garfio su existencia ya no tenía mucho sentido. Tic Tac se tumbó bajo un frondoso árbol una tarde de verano y se durmió para siempre, relamiéndose al recordar el sabor de su presa favorita.

viernes, 25 de marzo de 2011

El ojo del gato




La curiosidad no sabe que el gato tiene 7 vidas.

Ventanas

Parc de Gallecs, Mollet del Vallès

    Andaba tan estresada, tan angustiada por sus propios problemas, que no tenía tiempo ni ganas para apreciar nada de lo que la rodeaba. No era capaz de discernir qué debía hacer para encontrar la salida de ese estado de tristeza permanente que le hundía la cabeza entre los hombros. Hasta que otros decidieron por ella y todo acabó. Su marido la abandonó por otra, sus hijos se independizaron y la despidieron del trabajo. Todo por lo que había luchado tanto se convirtió en cenizas de la noche a la mañana. Al principio lloró desesperada. Entonces aún no sabía que, a menudo, las ventanas aparecen en nuestras ajetreadas e importantísimas vidas cuando menos lo esperamos. Pueden tener apariencias diversas: un libro, una persona, un animal, una película, un deporte, una flor…

Y ahora que ha aprendido a ser libre sabe que será muy dificil que vuelvan a enjaularla de nuevo.

Manos sabias



- Hola, ¿eso son espárragos?

- Sí, son espárragos silvestres.

- ¿Le importaría que les hiciera una foto?

- No, hazla, hazla ¿eres fotógrafa?

- No, sólo soy mirona…

El hombre desconocido tiene acento del sur, la tez curtida, la mirada limpia y la sonrisa pronta. A la mirona aficionada le gustan las personas que no tienen miedo a que las sorprendan.

miércoles, 23 de marzo de 2011

lunes, 21 de marzo de 2011

La casa de la vieja dama


La casa sigue perteneciéndole, aunque ella ya no la habite desde hace mucho. Desnuda y violada pero no marchita, conserva su resplandor intacto. Espera pacientemente a que alguien la ame de nuevo algún día. Para el visitante ocasional es dificil no enamorarse un poco ella, de su historia, de su dignidad, de su corazón noble.

Para entrar a vivir


El señor Quetepico Pinzón no entiende de burbujas inmobiliarias. Él ha encontrado un chalet de lujo a precio irrisorio en una zona tranquila y ajardinada.

viernes, 18 de marzo de 2011

Autopista celeste


Los caminos del cielo son inescrutables y, tal como está el mundo, no sufren retenciones.

martes, 15 de marzo de 2011

Inconsciencia



Olvidamos muy rápido que somos gotas de agua suspendidas sobre un mundo frágil. Es tan fácil deslizarse hacia el abismo...

domingo, 13 de marzo de 2011

Divina ausencia

Cerdanya, Catalunya

   Y al octavo día Dios cogió vacaciones y todavía no ha vuelto.

viernes, 11 de marzo de 2011

El móvil de Paco


     Paco tiene 32 años y se está quedando calvo. Alto, delgado, dicharachero, resulta resultón, como dice él. Su bien más preciado es su furgoneta tuneada en rosa chicle, que encandila a las chicas. Un buen día, Paco dejó su trabajo, cogió los ahorros y abandonó el pequeño pueblo del interior de Catalunya donde vivía para concederse unas pequeñas vacaciones. De eso hace un año y medio y todavía no ha regresado. Está muy a gusto calentando países fríos y camas nórdicas.

Cereales con leche


     Las hojas secas sobre el lecho de nieve tenían un aspecto tan bucólico e insignificante que, al pisarlas, nadie sospechaba que le tragaran a uno tan rápidamente que cuando quería gritar ya era tarde y se descubría la boca llena de tierra, gusanos y raíces…

El bosque tiene sus propios medios para alimentarse cuando llega el invierno.

El nacimiento

Peine de los vientos, Donosti, Euskadi

   Tenían tanto que decirse que la noche cayó sobre ellos casi de puntillas, arropándolos con sus mejores sedas, con la brisa templada y fragante sosteniendo sus palabras llenas de juventud y del brillo de lo nuevo, de lo que acaba de nacer.

La llamada

Santa Fe del Montseny


“Ven. Deja todo atrás. Tu vida es fútil, no tiene sentido continuar. Nadie te comprende. Nadie te quiere.Ven. Aquí podrás quedarte para siempre. Hay otros como tú. Otros a los que a nadie importa su congoja. Yo sí os quiero. Os quiero, sois míos. Ven, deja que te abrace y todo el sufrimiento cesará. Aquí encontrarás la paz.Ven.”

Un terror inexplicable se apodera de aquellos excursionistas que, ignorantes de lo que sucede o bien despreciando los carteles de aviso, se adentran en la espesura. Poco a poco, la vegetación se va convirtiendo en una maraña verde; bultos humanos de diferentes tamaños y en distintos niveles de putrefacción cuelgan suspendidos de los árboles. El silencio denso, carente de vida, se apodera de los últimos resquicios de cordura.

Llegados a este punto es demasiado tarde para los incautos: tras vagar perdidos, horrorizados por el escenario, el aliento del bosque penetra en ellos hasta que se dejan caer en cualquier sitio y se unen al resto.

Las gentes del pueblo jamás merodean por esos caminos. Lo llaman El Bosque de los Suicidas pero no todos lo son.

Inspirado por el bosque Aokigahara

jueves, 10 de marzo de 2011

El árbol de los días

Hostalric, Gerona

Caen los días como hojas secas
arrancadas de la rama.
Dejando recuerdos en ruinas.
Marchito esplendor que
no conocerá otra primavera.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El carro



     La primera escapada juntos, la vez que aquel perro cazador extraviado manchó la tapiceria con la sangre de sus patas, la libertad, los sitios hermosos, las callejuelas estrechas, la lluvia furiosa, la montaña, la nieve, el perro negro sacando la cabeza por la ventanilla, los besos, las risas, las lágrimas, los pelos al viento, la perrita mareada, la angustia, la pena y la prisa para acudir a tiempo al funeral de un ser amado desde la otra punta del país, las conversaciones intrascendentes y las que no lo fueron, la media luna de miel sobre ruedas…
Nuestro viaje contigo ha terminado ya, adiós, adiós, amigo, qué agradecidos te estamos.

El vehículo de recuerdos se convierte a su vez en tan sólo un recuerdo.

Uno muy bueno que perdurará siempre.

martes, 8 de marzo de 2011

Las dos amigas


    Se encontraron por casualidad en mitad de ninguna parte y enseguida se reconocieron. La alegría fue grande y lo celebraron saltando, jugando y corriendo juntas. No hizo falta hablar, mirarse a los ojos era suficiente para saberlo todo la una de la otra. El adiós fue breve, rápido. Ambas sabían que la distancia entre almas gemelas no existe.

El virus


Calella de Palafrugell, Catalunya

    Cuando lo salvaje se apodera del alma de una persona, cada vez cuesta más conformarse y regresar de buen grado a la civilización. Cuanto más tiempo pasa, más dificil resulta entrar en la jaula donde espera la comida, el trabajo, la cama caliente, la “vida”. A la persona salvaje le importa un comino todo lo que no sea trotar libre, elegir su propia comida y el lugar donde tenderse a mirar las estrellas.

viernes, 4 de marzo de 2011

Buenos días

Monasterio de Montserrat, Catalunya


Algunas mañanas el mundo no parece tan viejo, tan usado, tan cansado de existir.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Ellas no lo harían



Echan de menos su calor, su piel. Estaban hechas a su medida y no se resignan a la ausencia. Tratan de estar lo más presentables posibles por si regresa. No entienden por qué tarda tanto pero esperarán todo el tiempo que haga falta.

martes, 1 de marzo de 2011

La huerta marina

Salinas de Janubio, Lanzarote

Aquella región, llamada "El Malpaís" por su tierra infértil era, en cambio, conocida en el mundo entero porque el cocinero más cool del momento adquiría allí las mejores lechugas y berenjenas de mar para servirlas convertidas, tras un proceso de desmoleculización, en crujientes, sabrosas y perfectas patatas fritas con sabor a pescado.

Políticos sin timón

Kursaal, Donosti, Euskadi

El partido gobernante se tiraba de los pelos, estupefacto. Por más que acudieron a verlo con sus propios ojos, no podían creerlo. Habían sustituído al farero por un ordenador que falló en el momento más inoportuno y ahora tenían un transatlántico encallado en pleno paseo marítimo de la ciudad.

La nena de l'Estany

Estany de Banyoles, Girona

Cada mañana salía de casa con una bolsita de pan duro que daba a los patos y peces del lago, de camino a la escuela. Por las tardes, al regresar del colegio compraba más comida en el quiosco frente al embarcadero y pasaba horas observando las aguas y a sus habitantes.

La quiosquera, tras declarar una y otra vez que vio cómo la niña caía al agua y se alejaba nadando convertida en pez, fue señalada el resto de su vida como loca. Hace tiempo que murió, alcoholizada. Nadie la tomó en serio nunca, por supuesto. Los buzos no lograron encontrar el cuerpo. La familia marchó del pueblo. “Las corrientes la arrastraron a las profundidades y el cuerpo se enredó en las algas del fondo”, apuntan los viejos si les preguntas, señalando el centro del lago, cuya profundidad aún se desconoce.

Un año después, una gran carpa apareció en el mismo lugar donde cayó la niña al agua y se quedó a vivir en la orilla. Allí sigue, comiendo mansamente de las manos de todo aquel que le lleve pan.

Basado en la obra de Marta Solsona “Nena tocant l’aigua” (2006) y la popular carpa Ramona de Banyoles.

lunes, 28 de febrero de 2011

Bye bye, Earth


Cuando alrededor del Sol se formó aquella bellísima niebla flamígera cubriendo el horizonte, nadie podía imaginar que aquel sería el último atardecer del mundo.

sábado, 26 de febrero de 2011

El autoestopista


Barcelona, Catalunya

Lleva 123 años haciendo autoestop en las alturas, señalando claramente hacia dónde quiere ir y nada, no hay manera. Le colocaron allí sin su permiso y nadie le hace caso. Bueno, eso no es del todo cierto… Está harto de los guiris y sus fotos, de las putas, de los ladrones, de los famosos, del tipo que se hace pasar por él en La Rambla para ganar dinero, de su novia americana que nunca le escribe ni viene a verle, de no poder sentarse – le están saliendo varices en las piernas, la edad no perdona - y de las cagadas de las palomas, que lo tienen acribillado, ¡con el asco que le dan! Además, 123 años de vértigo son demasiados. Si al menos no estuviera tan alto…

Lo que el viento se llevó


Sierra del Cadí, Catalunya

Hay un espacio sagrado dentro de mi, entre pecho y espalda, entre carne y huesos. Es la parte del hogar originario que viajó conmigo hasta aquí; es original, único y puro, y sólo una incompleta fotografía del mundo del que procedo. Mi mente no recuerda pero sí mis ojos y mi corazón; mis manos cuando bordaban dibujos sobre cuero y mis pies cuando caminaban descalzos en comunión con la tierra, los animales y los árboles.

Mirar a ese lugar me hace sentir con toda intensidad la añoranza por la pérdida; ahí están los atardeceres de estío y el viento, el calor y la seguridad del fuego, la sabiduría y la libertad de las llanuras. Todo aquello que desapareció para siempre y no regresará jamás.

Recuerdos de una niña Cree de Alberta, Canadá

viernes, 25 de febrero de 2011

El perrito feo


Para Unax.

    Nata soñaba con ser un perro normal, no un “perro blanco”. Todos los perros que conocía tenían color. Negros con manchas fuego, color canela, rubios, grises, atigrados… Hasta otros perros de pelaje blanco ostentaban grandes manchas negras o marrones. Nadie era blanco puro, como ella.

Lo peor es cuando salía a pasear con Amo por la ciudad donde vivían y se cruzaba con canes desconocidos. Nada más saludarse, le preguntaban extrañados: “¿Y tú por qué no tienes color? ¿Y por qué tienes los ojos del color del cielo? Y ella se moría de la vergüenza y no sabía qué responder. “No lo sé. He nacido así de fea”

Había intentado ponerle remedio en varias ocasiones, con desastrosos resultados. Una vez, mientras Amo pintaba la casa, volcó un bote de pintura azul y se revolcó en el charco ¡El azul era mejor que no tener color! Pero Amo se enfadó muchísimo, la regañó y la castigó por aquello.

En una salida al campo – le encantaba corretear por la hierba – se zambulló en un gran barrizal. El color marrón le entusiasmaba, eran tan común… Sin embargo, Amo volvió a gritar y enfadarse y la bañó enseguida y tan a fondo que cuando terminó con ella habría jurado que era todavía más blanca que antes.

Y siempre que podía se tumbaba al sol. Los humanos lo hacían y su piel se volvía más oscura. Quizá si tomaba el sol como el Amo, su color también cambiaría... Aunque pronto se dio cuenta de que el único efecto que tenía el sol sobre ella era que le producía sueño.

Frustrados todos sus intentos, Nata cada vez se sentía peor, tan fea, tan diferente al resto…

Un día, Amo la llevó al campo de nuevo. Esta vez todo era distinto. No había hierba, el suelo era esponjoso, frío y tan blanco que si se tumbaba era dificil distinguir donde empezaba su pelo y dónde el suelo.

Nata probó a correr. La sensación era extraña pero pronto se acostumbró y pasó un buen rato corriendo de aquí para allá, sin acordarse de sus problemas. De vez en cuando Amo la llamaba y ella acudía a saludarle con la boca abierta y la lengua colgando.

De repente le llegó un olor nuevo y decidió seguir su ratro. Se estaba alejando un poco, escuchó la voz de Amo llamándola pero el aroma era demasiado prometedor y no hizo caso. El olor la llevó a través de un bosquecillo. Ahora escuchaba ruidos también. Escuchaba a otros como ella ladrando excitados, de modo que aún sintió más curiosidad.

Cuando por fin llegó a un claro, descubrió el misterio. Un grupo de unos doce perros la recibió efusivamente, olisqueándola y dándole la bienvenida hasta que el Amo de esos desconocidos se acercó, los reunió y los ató a un trineo uno por uno. También estuvo acariciando a Nata un rato y le dio una galleta.

Nata estaba intrigada, ¡nadie le había preguntado por su pelo! Comprendió por qué al ver que al frente de todos los demás iba un perro totalmente blanco…, como ella. Era el único que no se había acercado a saludarla, así que se aproximó a él con cierta cautela. Se sentía intimidada y maravillada a la vez, ¡no era el único perro blanco del mundo!

Se trataba de un perro imponente, con un pelaje casi más blanco que el de Nata. Sus ojos eran azules. Cuando ella se acercó la miró de arriba abajo con altivez.

“¿Qué estás mirando tanto?” “Que eres blanco” – dijo ella. “Tú también, ¿es que tu Amo no tiene espejos en casa?” “Sí, sí, pensaba que era la única en el mundo que era tan fe…, ¡tan blanca!” Y es que Nata acababa de darse cuenta de que aquel perro no era feo. Su manta de pelo eran tan brillante y puro como el suelo esponjoso y frío y sus ojos tan azules, efectivamente, como el cielo de invierno. Tenía un porte orgulloso y un cuerpo de musculatura poderosa. “Lástima que sea tan antipático – se dijo ella.”

“¿Cómo te llama tu Amo?” – le preguntó él.

En ese momento, Amo apareció entre los árboles, llamándola sofocado.

“¡Nata!”

“Bonito nombre, a mi me llaman Gullick” – y el formidable can le sonrió por primera vez. Nata sonrió también y si hubiera sido posible, se habría puesto un poco roja.

Amo se quedó tan sorprendido al ver el grupo de perros que se le olvidó regañarla.

Nata fue a saludarle y él la acarició, aliviado. El Amo de la jauría se acercó, una chica muy sonriente, preguntó al Amo sobre Nata. Le dijo que era muy bonita, que parecía en forma y que si quería dejar que probara a arrastrar del trineo. Al principio Amo dudó pero en cuanto la chica le dijo que podía subir al trineo con ella, aceptó.

Nata fue colocada al final del trineo. No sabía muy bien qué debía hacer pero enseguida se dio cuenta de que sólo tenía que hacer una cosa: correr.
La Dueña de los Doce dio la orden y Gullick se puso en marcha. Siguieron el camino hasta salir a campo abierto y corrieron sobre la nieve hasta quedar extenuados.
Nata nunca había sido tan feliz y, a juzgar por las miradas que Amo le echaba a La Dueña de los Doce, él tampoco.

Un año después La Dueña de los Doce también se había convertido en su Ama. Ya no vivían en la ciudad, sino en una casa grande, cerca del campo, donde convivía con Los Doce. Podía correr siempre que quisiera y ahora tiraba del trineo junto a Gullick. Bueno, ahora mismo no, ya que tenía que amamantar a sus cachorros, todos del mismo color que el suelo esponjoso y frío cuyo nombre había aprendido ya: nieve.

Miraba a sus cachorros y el color blanco le parecía el más hermoso del mundo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Del cielo a la tierra

Estany de la Pera, Cerdanya, Catalunya


Cuentan los ancianos del lugar que las flores azules siempre crecen donde, en un día radiante de verano de hace mucho tiempo, cayó un trozo de cielo.

Infiel




Llac de Banyoles, Girona, Catalunya

No se trata de una simple discusión matrimonial. La señora Cuac acaba de descubrir que su marido es polígamo.
"Soy un pato y está en mi naturaleza, no puedo evitarlo..." - alega él, cabizbajo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Tráfico infernal

Ctra de Colungo a Barbastro

Aquel señor estaba harto de no poder ver a su familia, que vivía al otro lado de la carretera, porque cada vez que intentaba cruzarla un coche salía de la nada y pasaba a velocidad endemoniada.

martes, 22 de febrero de 2011

La hoja viajera

Riera d'Arbucies

La hoja quería recorrer mundo. Lo había deseado toda su vida. Las demás hojas se reían de ella y la llamaban excéntrica pero esto no le importaba. Algún día haría realidad su sueño, de algún modo. Mientras, hablaba de sus planes con el río, el viento y los pájaros, que presumían de saber mucho sobre viajes.

Una mañana, cuando por fin el árbol la dejó ir, ya vieja y cansada aunque decidida a todo, fue a aterrizar sobre la barandilla del puente. Intentó moverse, llegar hasta el río que le había susurrado durante años que él la llevaría hasta el mar. “Desde allí – le dijo – podrías viajar por todo el mundo” Y ella se había pasado la vida preparando su viaje, imaginando qué haría, qué vería. Esperando el momento adecuado para partir.
Y ahora todos sus esfuerzos eran inútiles. Era incapaz de moverse por sí misma.

Comenzó a llorar, viendo que su muerte se acercaba y no podría realizar su sueño. Llamó a su amigo el viento, que había alimentado la pasión viajera de la hoja hablándole de los lugares que había recorrido. Él también le prometió ayudarla en su momento y ahora ni siquiera se dignaba a aparecer. Tampoco los pájaros, que podrían haberla transportado en su pico, hicieron el menor caso de sus súplicas.
Lloró durante tanto tiempo que sus lágrimas formaron un charquito, resbalaron por la barandilla y empaparon el suelo del puente.

Al atardecer de ese día el viento, cansado de sus lloros, rechistó bruscamente sobre el río para que se callara. Y la hoja voló. Por un instante de felicidad creyó que lo había conseguido, que llegaría al río. Sintió que la savia corría de nuevo por sus venas, como en primavera. Sin embargo, el viento sopló del lado contrario por capricho y en lugar de depositarla sobre el arroyo la empujó hacia la orilla. Allí murió la hoja, junto al resto de sus agonizantes compañeras y al pie del árbol que la había visto nacer.

“Por lo menos – se dijo mientras agonizaba– He sido capaz de soñar.”

El viento y el río la olvidaron rápido. Para ellos sólo era una simple hoja. Una hoja un poco excéntrica.

Bajo la piel



Muchas veces, cuando crees que estoy a tu lado
Tan sólida, estoy muy lejos...
Estoy soñando con regresar a casa
Estoy rozando el mundo
con la punta de mi mente,
con mi alma aborigen,
con mi espíritu salvaje.
Sobrevivo con una flecha
incrustada en la manzana roja
de mi corazón.

Tan sólo es que me disfrazo muy bien
Como con cubiertos
Parezco sólo una mujer
Casi soy todo lo que debo ser.
 
Cuando no me ves
Yo soy campesina
y aviador
fotógrafa,
y peregrina,
encantadora de serpientes
en busca de un dragón.



La diva del Adriático

Venecia, Italia

    Una anciana señora se acerca a mi lado mientras trato de fotografiar un edificio. Comienza a hablar, sin más, de la antigua gloria. Era ella una muchacha hermosísima, voluptuosa, quizá algo vulgar pero divertida y fogosa. Vivía una fiesta constante, inmersa en una primavera eterna. Diva divina, apasionada, caprichosa, coqueta y fagocitadora de hombres y mujeres. Los amó a todos. Nadie se resistía a su encanto. Ni siquiera ella misma, una víctima más. Ni siquiera ahora, cuando el invierno de los años consume sus huesos.

Miro su rostro ajado, cansado. Sus cabellos de agua, sucios; sus ropas, pestilentes. Tiene la apariencia de una anciana dama venida a menos, pero bajo esa pátina sigue haciendo gala de sus modales de cortesana. Esa es su salvación; su belleza ajada, su espíritu, no son menos cautivadores una vez perdida la frescura de la juventud.

Yo no me moriré nunca – me dice, convencida – Me morirán. Me guiña un ojo, provocadora.
Y caigo rendida a sus pies.

La escritura del Sol



      La luz es su pluma, la sombra su tinta y el mundo el papel. Con ellos, el Sol nos escribe cartas de amor que no sabemos leer.

lunes, 21 de febrero de 2011

El Rey de los Gatos



    “Nunca te doblegues ante un humano. Eres un príncipe y una vez fuimos venerados y temidos por la raza humana. Algún día, hijo mío, serás el nuevo Irusan. Dejaremos de custodiar para ellos las puertas del Otro Lado y los hombres sufrirán el castigo que merecen, como las ratas de dos patas que son. Pero por el momento, dejemos que los humanos crean que son ellos quienes gobiernan el mundo. Esperemos nuestro momento, pues ya no está lejos”

El puente realizado



Era un puente humilde, insignificante, comparado con sus primos de las grandes ciudades. Un puente solitario y no especialmente agraciado, que cruzaba hacia un sendero muerto hacía mucho tiempo. Sus días de servicio habían terminado y se sentía viejo y olvidado. Ya nunca recíbía visitas...

Pero un día conoció a un inquieto trasero con gran afán de protagonismo. El trasero y el puente se hicieron amigos, se fotografiaron juntos y el trasero habló maravillas de él a otros traseros.
A partir de entonces, numerosos traseros comenzaron a frecuentar el pequeño puente; se apoyaban en él para fotografiarse, charlar con él o suspirar ante el azul de las aguas del río.

El puente dejó así de sentirse solo y de envidiar a sus primos urbanitas. ¡Volvía a ser feliz y tenía amigos!

El santuario verde

  Santa Fe del Montseny, Barcelona, Catalunya


    La criatura era tan vieja, había permanecido tanto tiempo en las profundidades esmeraldas del bosque, que el mundo había olvidado su existencia. De tal manera que incluso ella misma era incapaz de recordar su nombre e ignoraba que era la última de su raza. Donde la hiedra extendía entre los árboles una tela de araña verde, penetrada tan sólo por escuálidos haces de luz, moraba ella acurrucada en la penumbra húmeda. Ese era su hogar, un fresco, sereno y olvidado santuario arbóreo.